11/07/2013 10:20:00 a.m.
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En pasados editoriales hemos señalado el grado de obscenidad a que Maduro ha llevado su simbiosis con Hugo Chávez. Sobre esto no hay que insistir, basta oírlo en cualquier ocasión y contar las veces que lo evoca para tener una idea de la desmesura del fenómeno. Sin duda que hay mucho de Maduro en ese culto, sobre todo el tono meloso y cursi sin límites, pero también hay un frío cálculo político.


Las encuestas demuestran que la popularidad del Hijo cae en barrena, en cambio la del Padre se mantiene (entre otras cosas porque la muerte nos hace indulgentes), lo que propicia que aquél trate de desaparecer para que se le considere solo una encarnación del Eterno. Y, paradojas de la historia, Chávez se fue cuando la casa comenzaba a oler a quemado, producto de quince años de disparates económicos, y a Maduro le ha tocado el incendio pleno.
Pero al heredero de ese infeliz legado, incapaz de ser él mismo y sobre todo de ser un buen bombero, no le queda sino intentar vanamente esa identificación: por mí habla y actúa mi padre. Triste destino, muy triste.
Tampoco vale la pena extenderse sobre ese mal, se ha escrito tanto al respecto, que es el “culto a la personalidad”, propio de todos los regímenes despóticos que tienen que sacralizar al autócrata que monopoliza o simboliza todo poder. Los ejemplos son innumerables, desde el derecho divino de los reyes hasta el padrecito Stalin, la monarquía comunista coreana o la omnisapiencia de Fidel Castro… Pero nosotros hemos aportado a esa fatídica tradición, no hay que menospreciarse, y diríamos que en especial la mezcla con una religiosidad animista que da lugar a fenómenos mágico-religiosos como las apariciones físicas del difunto.
Pero esa ofensa a la capacidad racional de los ciudadanos se ha convertido en un arma punzopenetrante cuando el Presidente ha decretado que el 8 de de diciembre, fecha de las elecciones municipales, “día de la lealtad y el amor a Chávez” (sólo es el día en que designó a Maduro sucesor) y, sobre todo, se exhorta a la realización de actos públicos, incluso institucionales. Semejante barbaridad y abuso contra la esencia misma del acto electoral sólo se explica por la extrema desesperación ante una derrota de imprevisibles consecuencias. 
El CNE, so pena de perder los últimos pudores, tiene que rechazar esta monstruosidad que contraviene uno de los principios mínimos del funcionamiento electoral, inequívocamente reglamentado, que impide los actos políticos y la propaganda incluso antes del día electoral. Esto, sin duda, es una provocación, una intimidación, un desacato sin nombre. Y la MUD está obligada a actuar con todos los hierros.

Este decreto de Maduro es un llamado a la violencia, la utilización extrema del miedo y el ventajismo concretado en ese aquelarre propagandístico financiado por las instituciones públicas. Esto es tan grave que hay que repensarlo todo, todo.

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